El hombre que borró la frontera entre el negocio, el entretenimiento y el poder
📅 Publicado el: 02/02/2026
Los Angeles California
El hombre que borró la frontera entre el negocio, el entretenimiento y el poder
Por Martín Lazo Cuevas
La Voz del Pueblo
Comunidad Mexicana Internacional
La historia contemporánea de Estados Unidos no puede entenderse sin detenerse en la figura de Donald Trump. No como una anécdota, no como una excentricidad pasajera, sino como un punto de quiebre. Trump no llegó a la política desde la tradición, llegó desde el negocio. No se formó en la diplomacia, se entrenó en la confrontación. No aprendió a gobernar en manuales institucionales, sino en la lógica del mercado, del espectáculo y de la negociación dura.
Todo comienza mucho antes de la Casa Blanca. El libro The Art of the Deal no fue solamente una obra editorial exitosa; fue el primer manifiesto público de una forma de ver el mundo. Ahí se planteó una idea que luego se trasladaría intacta a la política: la realidad no importa tanto como la percepción, y el poder se ejerce imponiendo el relato propio. Negociar no es conciliar, es dominar el escenario, marcar el ritmo y obligar al otro a reaccionar.
Luego vinieron las conferencias, los foros empresariales, los grandes auditorios llenos de aspirantes al éxito. Trump no ofrecía fórmulas técnicas complejas; ofrecía una actitud. Ganar, imponerse, no pedir disculpas. El mensaje caló profundo en una sociedad que empezaba a cansarse de los discursos prudentes y políticamente correctos. En esos espacios se fue formando un culto al ganador, al que no duda, al que avanza sin mirar atrás.
La televisión terminó de sellar el personaje. The Apprentice convirtió el ejercicio del poder en un espectáculo semanal. Trump no era solo el conductor, era el juez, el dueño del destino de los participantes. El famoso “You’re fired” se convirtió en símbolo de autoridad absoluta. Millones de personas lo vieron decidir, evaluar, castigar y premiar. Para cuando anunció su candidatura, una parte importante del electorado ya lo había aceptado como líder, aunque fuera en un escenario televisivo.
La primera presidencia confirmó que Trump no iba a adaptarse al sistema; el sistema tendría que adaptarse a él. Gobernó como negociante, no como estadista clásico. Rompió consensos, tensó alianzas, desafió medios, atacó instituciones que consideraba obstáculos. Para unos, fue una sacudida necesaria; para otros, una amenaza directa a la estabilidad democrática. Pero en ambos casos, logró algo innegable: colocó la política en el centro del debate cotidiano como nunca antes, aunque fuera desde la polarización.
Hoy, en su segunda presidencia, la historia sigue escribiéndose. Trump ya no es una sorpresa. Es un método. Cada mensaje es calculado para provocar reacción. Cada amenaza comercial, cada arancel, cada desdén hacia lo establecido forma parte de una estrategia donde el conflicto no es un error, sino una herramienta. Gobierna sabiendo que el poder ya no se ejerce únicamente desde decretos, sino desde la narrativa permanente, desde la tensión constante que mantiene a una nación —y al mundo— en vilo.
Lo que Trump deja para la historia no es solo un balance de políticas públicas, sino una transformación profunda del ejercicio del poder. Demostró que en el siglo XXI se puede gobernar desde el espectáculo, que la imagen puede competir con la institucionalidad, y que el liderazgo puede construirse más desde la confrontación que desde el consenso.
Amado por unos, rechazado por otros, Donald Trump ya ocupa un lugar imborrable en la historia. No como un presidente más, sino como el hombre que borró la frontera entre el negocio, el entretenimiento y el poder, y obligó al mundo a preguntarse si esa frontera alguna vez fue tan sólida como se creyó.